Una vez más nuestro más original director, Tarantino, compone esta original historia como si de un cuento se tratara. Y no solamente por el título, propio del comienzo de los cuentos, sino porque al igual que hacemos con los cuentos tradicionales, de tradición oral, que se transmiten de boca en boca, los finales pueden sufrir cambios. Y así es como Quentin nos hace de cuentacuentos, presentándonos a sus personajes, redondos y complejos, en la piel de personajes prototipo; siguiendo la estructura clásica de planteamiento, nudo y desenlace; para terminar dándole la vuelta al clásico y, para sorpresa del espectador, que conoce desde el principio el final de la historia, nos presenta un final alternativo como si la oralidad hubiese desgastado el desenlace. El espacio: Hollywood; el tiempo: la época dorada del sueño del cine americano; los personajes: el bueno, el desdichado, la princesa en apuros, el villano rodeado de sus hippies secuaces; y por supuesto, con el toque mágico final que convierte situaciones puramente dramáticas y sangrientas en normalidad absoluta para un espectador que acaba impactado por las escenas que nuestro director propone. Interpretaciones de vértigo, una historia que no puede dejarnos impasibles y un final espectacular.
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